domingo, 23 de diciembre de 2012

Una noche


Llegué cansada al salón. Había estado más de tres horas con tacones del doce. Aún no me he acostumbrado a usarlos. Por supuesto que antes en casa me los quite y me probé los botines más cómodos que tenía. Alivio al instante.
Íbamos en grupos. Caminando en fila india rumbo al salón esa noche fría. En lo único en lo que podía pensar era en ir por una cerveza fría, jugar cartas y escuchar buena música. Lo usual. Cuando entré al lugar mis pies tropezaban unos con otros y mi miraba se posaba en las mesas vacías del fondo.
En segundos ya estaba planeando la noche entera: cervezas, cartas, música, más cerveza, apuestas, pláticas etc.  Cuando llegué al centro unas manos tomaron mi brazo derecho y fui llevada por ellos. Increíble, impresionante: pude sentir una mirada mucho antes de darme cuenta de quién quería llamar mi atención. Ahí estábamos, en un año cualquiera, en un mes cualquiera, en una noche cualquiera, mirándonos y disfrutando esos tres minutos que parecieron horas.

Y en esas horas que se transformaron en toda una noche

jueves, 6 de diciembre de 2012

Escrito sin título


He aquí dos nuevos escritos, el primero con título, el segundo sin...
Espero sugerencias


Un adiós en el mar.

La playa me trajo felicidad. Me quedé sentado hasta que el sol se fue a la cama. El aire le daba tirones a mi cabello y a mi conciencia. La arena es buena exfoliando las penas.

Mi ropa de playa es holgada y de algodón. Una camiseta con dos hoyitos y un short rojo hasta las rodillas. Si la vida fuera tan sencilla como la ropa que tengo hoy…

Las olas son mi terapia. Se abalanzan sobre mí haciéndome ver la realidad y después se llevan mis problemas. La orquesta que toca música de agua es la canción de las bestias del mar y en el fondo éstos ejecutan sus instrumentos. Burbujean sus melodías.

Me quedo sentado esperando ver salir del agua un amor que perdí en tierra. Que decidió buscar un rumbo sin mí. La imagino mirando conmigo nuestro amor reflejado en este espejo marino. La imagino con las canas que aún no se atreven a tocarla, y me imagino dándole un pedazo de cielo y mar que son suyos cuando los bauticé con su nombre.

La vida tiene las formas de las nubes, irregulares, diversas. Cargadas de lágrimas y rayos de ira, con los estados de ánimo de la pureza y la tristeza.  Pero aquí en la playa no llueve de día y las nubes siempre se ven de algodón.

En tierra perdí un amor que toma la mano de alguien más. En tierra se quedaron mis ilusiones y desilusiones. Por ello hoy al ocultarse el sol, cuando la luna doblegue las mareas, mi alegría vivirá con mi amado océano, sonriendo hasta que el agua cubra el último poro de mi cuerpo. Mi dolor zarpará al horizonte y sumergiré  el recuerdo de su rostro, las olas se la llevarán y me traerán la espuma blanca que no es espuma, es una página en blanco donde escribiré con tinta de coral la nueva historia.  Sólo el mar sabrá que te has ido al fondo. A nadar apenas en mi subconsciente que se irá secando y no serás nada más que sal. Y a la sal se la lleva el viento.


























Hay gente que nace con una estrella. Hay gente que se gana una estrella. Y hay gente que vive con una estrella sin saberlo.

Esta vida me tocó a mí. Trabajar más de 24 horas al día. Despertar cada mañana aún sin sol que ilumine la ciudad para que el maldito pensamiento de la incertidumbre se pasee por mi mente. ¿Qué será de mí mañana?

Descubrí no hace mucho tiempo atrás que poseía un don. Un don que yo estaba seguro sería la solución a nuestros problemas. Podía darle vida al papel, darle vida a la palabra. Las letras danzaban cada noche en mi cabeza, me coqueteaban, me provocaban.

Antes de mostrar mi don al mundo, cuando esquivaba las arrugas del tiempo, yo mismo las destruí. El día que comenzaron a torturarme las encerré en un baúl que tiré al fondo de mi conciencia. Yo mismo les dije a todos que se habían ido para siempre, que ellas se habían alejado de mí. Pero ahí estaban, observándome, me daban picotazos en la punta de los dedos. Mis manos sufrían de convulsiones y la tinta se había convertido en un placer pecaminoso. Si los hombres no creyeran que escribirle al amor no va con nuestra naturaleza…

Pero nadie puede negar los que es. ¿Y quién soy yo? ¿Un traficante de la letra? ¿Un peón de la vida y del estereotipo? La noche que entré en razón me arrojé al fondo del mar. Todavía recuerdo el acantilado de donde salté. La tierra parecía arena oscura, mis pies descalzos la sentían caliente y seca, pero no era más que papel carbonizado entrando en mis uñas. Pronto la tierra fue cubierta de finos copos de nieve, alcé la mirada al cielo y saqué mi entrecortada lengua para sentir el frío en mí. Papel, los copos eran de papel.

Me lancé entonces entre la basura que el papel había formado a mí alrededor. Nadé a lo profundo del mar y busqué el baúl con  desesperación porque me estaba quedando sin aire. Lo llevé a la superficie e intenté quitarle los candados pero era inútil. El orifico era tan diminuto que no parecía ser de una llave. Entonces las olas me trajeron una pluma bañada en tinta negra, la tinta del mar.

 Introduje la pluma y el cofre desapareció. Estaban ahí otra vez conmigo. Bailando a mí alrededor, rozándome labios y mejillas. Le hacían cosquillas a mis pies mientras cantaban y mis manos comenzaron a convulsionar. Mis dedos temblaban, se sentían helados, me ardían. Comprendí que esas palabras voladoras, felices cantoras, eran parte de mí.

Así fue como me di cuenta que no debía dejar que mi don se desperdiciara. Comencé con pensamientos, cuentos cortos, sueños plasmados en hoja. Discursos para políticos, narraciones para niños, poesía y novela al fin.

Más sin embargo nadie daba más que un gracias o una mirada fría, como si les pertenecieran mis queridas letras. Mi mente las acunaba y ellos me las arrebataban, las encarcelaban en una hoja y de ahí no salían. El papel era su cárcel, no su casa. Pero no podía hacer nada más que esperar que se tentaran el corazón y me llegara una miserable paga y así  volver a despertarme en la mañana con el mismo sueño triste y enfermo. ¿Qué será de mí mañana?

Mi vida fue como un cometa. Apenas alguien la notó, apenas brilló por unos segundos y se alejó sin dejarme recibir los laureles. Aún así no me arrepiento, porque no usé a mis letras como negocio ni un día más. Me dedique a mimarlas y a volverlas mis obras de arte, mis creaciones espléndidas. Ya poco importaba quien quisiera arroparlas en sus casas, en sus estantes.

Dicen que la vida no es vida hasta que uno la deja, y cuando yo la dejé fue cuando mi nombre se levantó de las cenizas, cuando vieron que la estrella la tuve todo este tiempo sin saberlo. Y esa estrella vale millones en oro, cada página que escribí vale lo que para mí sigue siendo el momento en que las dejé en libertad. Fui un pobre escritor hasta el último día de mi vida y  a pesar de todo amé a la letra con mi puño, con mi alma, con mi corazón.